Hace más de una semana uno de mis compañeros de facultad, con quien me recibí, me insiste en que hagamos las materias que nos faltan para contador juntos. Una especie de apoyo moral ya que compartimos unas cuantas materias y superamos varias cosas trabajando en equipo. De hecho, si algún día se me ocurriera algún tipo de emprendimiento no dudaría en proponerle ser mi socio.
Es así como estuve meditándolo varias veces ésta semana y mirando una y otra vez las materias que me faltan:
- Sistemas Contables
- Contabilidad Patrimonial
- Sistemas de Costos
- Derecho del Trabajo y Legislación Laboral
- Auditoría
- Técnica Impositiva I y II
- Actuación Profesional
- Derecho Económico I y II
- Seminario de Integración y Aplicación.
De sólo leer los nombres me aburren. Sí. Además nunca me gustaron las materias donde debes estudiar de memoria. No sé estudiar leyes. Y así recordé a este personaje.
El era el profesor de Derecho Privado, donde se supone que aprendamos a fondo la ley de sociedades comerciales. Era abogado y tenía muchísimos años encima. Las clases eran a las 7 de la mañana y él llegaba a tiempo a la facultad. Pero en el trecho desde la puerta hasta el aula se tardaba unos 20 minutos. Caminaba a paso de tortuga y tenía la cara de Pepe Grillo. Llegaba y tomaba lista. Uno por uno, a más de 120 alumnos. Ahí se perdían otros 20 minutos. Las clases eran bastante monótonas. No teníamos libro, solo la ley 19.550. La leíamos, artículo por artículo y él nos explicaba el significado. Antes de las 8.30 las clases se terminaban, considerando a los pobres alumnos abnegados que debíamos ir a trabajar. Una vez no tuvimos clases porque Boca jugaba la Intercontinental y el profe era aficionado a ese club.
Los parciales fueron muy fáciles. Nos hizo un resúmen de 10 hojas para cada parcial y de ahí tuvimos que estudiar. Ni siquiera en la secundaria se me había hecho tan fácil. Aún así siempre hay casos especiales que no aprueban la materia. Cuando nos entregó las notas del segundo parcial le llamó la atención a uno de sus estudiantes. Le solicitó una explicación frente a todos de por qué se había copiado. El muchacho en cuestión, con genuina cara de sorpresa, respondió que no se había copiado. Entonces el profesor sacó el parcial de su portafolio y lo increpó. Todas las hojas, al pie, decían perfectamente legible "Mis Apuntes". Estuvimos toda la clase intentando explicar durante no menos de cinco minutos que esa era una marca de cuadernos, incluso se le mostró que esos cuadernos efectivamente existían. Finalmente, no muy convencido, accedió a disculpar al alumno.
Fijándome entre las opciones para anotarse en esa materia en el último de mis cuadernos de oferta de cursos no lo encontré. Supongo que habrá fallecido. Y es uno de los pocos personajes de la facultad que me tocó cruzar que recuerdo con una sonrisa. Claro, de la ley 19.550 no me pregunten nada porque sinceramente no lo sé.