Con el paso de los años la Navidad y todo lo que eso implica va cambiando su significado. Algunos pueden disfrutarla, otros ser indiferentes y a unos no gustarles. Y a otros nos pasan las tres cosas a la vez.
Las navidades de mi infancia fueron perfectas, llenas de regalos y de frutas secas, fuegos artificiales y brindar con Sprite porque se parecía más al champagne. Hasta mis cinco años fui hija única, mi mamá me había confiado el super gran secreto sobre el gordo de rojo. Íbamos juntas a comprar regalos, los envolvíamos y poníamos cara de sorpresa cuando los abríamos. Había un libro en casa que contaba sobre las tradiciones navideñas en todo el mundo. Me encantaba que mamá lo leyera, tanto que me lo aprendí de memoria. Al final había una poesía sobre Papá Noel que yo recitaba cada Nochebuena frente a los invitados. Aún el día de hoy la recuerdo. Nunca creí en Papá Noel pero hoy voy a hacer una excepción y jugar a que creo que esa magia es posible. Voy a pedirle que traiga felicidad a todos los que quiero, que nos dé las fuerzas necesarias para seguir adelante cuando el camino se hace sinuoso y la confianza en nosotros mismos para alcanzar lo que buscamos.
Más allá de las implicancias religiosas que esta fecha tiene (y que casi siempre olvidamos), espero que todos podamos pasar una Feliz Navidad junto a los que amamos. Y mis más sinceros buenos augurios para quien lea estas líneas.