En días como los de ésta semana al viajar en colectivo o lo sufrís o te adaptas. Como yo aún sigo flotando en mi ambiente veraniego y tengo una onda vacacional hasta ahora tomé todo el asunto del mejor modo posible. Más allá de los evidentes atrasos y cosas que a todos nos pasan, y de las cuales no tengo ganas de hablar, redescubrí un viejo placer.
Reconozco que no soy la mejor compañía cuando se trata de viajar, ya sea del modo en que fuere. Siempre me pierdo mirando por la ventana y quien sea mi desafortunado compañero termina aburriéndose ya que mis viajes son prácticamente mudos. No es que vaya sumida en mis pensamientos ni que cree un mundo aparte (o quizás sí, pero a un nivel inconsciente)... A veces simplemente quedo en stand by. Hoy me dí cuenta que estaba disfrutando el paisaje: el cielo estaba negro por el chaparrón y era recortado por los edificios creando figuras bastante peculiares. Tenía la mirada perdida, fija en el cielo, y la ventana abierta. La lluvia se colaba de a poco y cada vez con más ahínco. El resto de las ventanas estaban cerradas. Nadie quería mojarse. Nunca voy a entender a la gente que no recibe un poco de agua con alivio cuando hace semejante calor. Seguí mirando por la ventana sin preocuparme por las gotas y recordé tiempos lejanos ya. Cuando era chica me encantaba ir en la parte de atrás del auto, acostarme y viajar mirando las copas de los árboles. Mi juego consistía en intentar reconocer los árboles o los techos de las casas.
Es raro como nos quejamos de haber crecido sin darnos cuenta. Pero más raro es darse cuenta que partes de uno jamás lo hicieron.